¿Cómo
puede llegar a nosotros la felicidad?
Es el "yo", es el "ego", el que
desea y quiere obtener las cosas. Es el "yo" el que disfruta, el que
desea más felicidad, el que escudriña, el que busca, el que anhela más
felicidad, el que lucha, el que se vuelve cada vez más refinado, el que jamás
quiere llegar a su fin.
Sólo cuando el "yo", en todas sus sutiles
formas, llega a su fin, hay un estado de bienaventuranza que no es posible
tratar de adquirir, un éxtasis, un verdadero júbilo libre de todo sufrimiento,
de toda corrupción.
Nuestro "yo" sólo es un recuerdo, un
conjunto de pensamientos sin realidad objetiva. Cuando la mente trasciende el
pensamiento del "yo", del experimentador, del observador, del
pensador, puede haber entonces una felicidad incorruptible. Esta felicidad no
puede ser permanente -en el sentido con que usamos esa palabra-, pues está más
allá al tiempo y al espacio. Pero nuestra mente está siempre buscando una
felicidad que tenga permanencia, algo que perdure, que continúe. Y ocurre que
el deseo mismo de continuidad es corrupción.
Si
podemos comprender el proceso de la vida y explorar el río del conocimiento
propio, comprenderlos sin condenar, sin decir que es bueno o es malo, entonces
surge una felicidad creadora que no es "tuya" ni "mía". Esa
felicidad creadora es como la luz del Sol. Si deseamos conservar la luz del Sol
para nosotros mismos, ese ya no será más el claro y cálido Sol dador de vida.
De igual manera, si deseamos la felicidad porque estamos sufriendo, porque
hemos perdido a alguien o porque no hemos tenido éxito, entonces eso es tan
sólo una reacción. Pero cuando la mente puede ir más allá, encontramos que
existe una felicidad que no pertenece a la mente, y que es el verdadero gozo,
el auténtico júbilo.
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